Mitos de terror La gran inundación

17 September, 2016 no comments Posted in Historias

Mitos de terror La gran inundación

Era un día de mayo por la mañana. El pronóstico del clima indicaba que ese día caería un gran aguacero producto de la tormenta tropical que se avecinaba. La gente estaba intranquila aunque un tanto esperanzada, ya que en los días anteriores los periódicos habían dicho que aquella depresión climática sería un huracán categoría cinco, el cual causaría severos daños.

Las primeras gotas de lluvia empezaron a caer cerca de las 10:00 de la mañana. Era una lluvia ligera pero constante, así siguió sin parar por más de un día. Lógicamente las principales calles de la ciudad se inundaron y el agua ya rebasaba el metro de altura.

Yo me asomaba impotente desde la ventana de mi recámara (vivía en un edificio de ocho pisos), mirando cómo los tejados de las casas desaparecían entre ríos de agua. Al tercer día, sólo se veían botes de rescate y helicópteros de la policía tratando de encontrar a personas que aún estuvieran con vida.

En el momento en el que la gente observaba que alguno de esos vehículos se aproximaba al lugar en donde estaban ellos, les gritaban o hacían señas con sus brazos utilizando la poca energía que aún les quedaba.

Ese mismo día fui rescatado y enviado a un albergue que se encontraba en otro municipio. Me sorprendió que ese refugio hubiera sido habilitado en las instalaciones de un hospital abandonado.

Había camastros y bolsas de dormir por todos lados. Me le acerqué a un soldado que tenía en uno de sus brazos una cinta blanca con una cruz roja para preguntarle si en ese lugar también llevarían a los heridos.

– No. Los lesionados están siendo enviados al ala oeste. Ahí tenemos una unidad de cuidados intensivos para brindarles todo el apoyo que necesiten. Me contestó.

Le expliqué que durante un tiempo fui Boy Scout y que por ende conocía algunas cosas de primeros auxilios, por si necesitaban que los apoyara. El militar me miró y me dijo que la ayuda nunca sobra y que fuera a entrevistarme con el General Dillanes.

Así lo hice y él me indicó que fuera a la zona de conmocionados. Es decir, gente que experimentó alguna conmoción cerebral debido a la inundación. Caminé hasta llegar a un pasillo que sólo estaba iluminado por una lúgubre luz proveniente de una lámpara de neón que tintinaba.

El lugar estaba húmedo y frío, sentí muchísimo miedo. Comencé a caminar despacio y entré a uno de los cuartos.

En una de las camas pude observar a un hombre que tenía el rostro totalmente cubierto por una venda. Le pregunté que si necesitaba algo y él me contestó con la cabeza que no.

Posteriormente escuché una risita fuerte y penetrante que provenía del corredor, salí del cuarto y corrí en dirección a ella, pues pensé que se trataba de un niño que estaba jugándome una broma.

Las risas se transformaron en carcajadas y pronto vi que quien estaba delante de mí no era un infante, sino una criatura horrible y repulsiva que tenía ojos saltones y de su boca chorreaba un líquido nauseabundo.

Quise correr y por un instante las piernas no me respondieron. Afortunadamente, pude evadir a este espectro y vivir para contarlo. Desde ese entonces les digo a las personas que van a acudir a una clínica, que tengan cuidado porque no todas las historias que se cuentan de esos lugares son mitos de terror.